miércoles, 30 de diciembre de 2009

Historias del sapo y la bruja

Érase la historia de un sapo verde como la luna. Una de las típicas historias en las que las brujas siempre son buenas. Cuentos para niños, si no fuera porque uno quisiera subirle las faldas a la bruja.
Lo adivinaste: yo no soy la bruja, fundamentalmente por una cuestión de alopecia, no por interés, que anda que no hubiera yo prestado atención en clase de escoba o en sopas variadas (en el fondo, seguro que lo tienen todo liofilizado y era nada más cuestión de echarlo al caldero con un huesito de pollo).
Érase pues el sapo verde que se supo frágil como la escarcha, y siempre a medio construir. De vez en cuando, saltaba, como los tontos, como las brujas cuando pillan baches o turbulencias (tú y yo sabemos que también cuando se les escapa un aire, pero claro eso resulta poco políticamente irrepochable). Saltaba para saber que debajo de sus patitas verdes estaba la tierra (o el agua, en los meses de verano), pero también para subirse a la escoba de la bruja.
A estas alturas ya me conoces. Sabes que el sapo y la bruja seguramente deben de ser familia. Cosas de la genealogía. Aunque a veces el sapo se hinche a cebolla y a la bruja (la bruja buena, siempre buena) le entren unas ganas locas de llorar. Aunque la bruja a veces sea un poquito menos buena y el sapo se hinche a cebolla para llorar por dentro.

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